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AMAZONAS CON LOS 5 SENTIDOS

Vuelvo a escribir sobre mis viajes después haber pasado mucho tiempo sin hacerlo. Recordé como se hacía gracias a un chocolate. Un chocolate que ví y probé en Londres. Costaba casi nada y en su envoltorio decía: 100% Cacao. Rudolf Steiner dijo que:

Los recuerdos tienen su origen en las percepciones sensoriales exteriores;…()…Más tarde, a veces después de años, volvemos a extraer de la memoria las imágenes de tales impresiones y puede ser que nuestra alma haya recibido alguna impresión sensorial exterior, acaso de manera semiconsciente, sin haber observado el respectivo objeto con la atención necesaria. En tal caso, la impresión queda sumergida en lo más hondo de nuestra vida anímica; y, de un modo intencional o espontáneo, vuelve a surgir después de años. ”

En mi caso, todo volvió a surgir 6 meses después del viaje a Amazonas. Como siempre me pasa, estos viajes nacen de un sueño reprimido combinado con una decisión espontánea y mucha incertidumbre. Todo esto me motivó a subirme al primer barco que me llevaría durante 45 días a recorrer el río Amazonas partiendo del puerto de Yurimaguas, Perú. Aclaro que en realidad fueron 5 barcos los que me tuve que tomar, aunque el primero fue el más difícil de decidir.


Pero… ¿Qué tiene que ver este evento del chocolate con el viaje a Amazonas?Amazonas fue para mi un viaje de exploración de los sentidos y de la energía que transmite la selva. Ya había visitado antes una selva en Borneo, Malasia, pero no tenía la misma magnitud y la viajé de la otra forma. Amazonas fue un viaje a través de los sentidos que me llevó a explorar una parte del mundo exterior, pero también una parte de mi mismo.

El gusto

Le saqué el envoltorio y comí un pedazo. Definitivamente no es 100% cacao, me dije. Quizás tiene un 5% de cacao, mucha leche, mucha azúcar y algún saborizante artificial. El cacao puro te cierra los ojos, te da cosquillas en las mandíbulas, te hace transpirar debajo de los ojos, te lleva prácticamente al Amazonas mismo en época de lluvia, donde todo es húmedo y hace mucho calor. Pero a mi, ese 5% de sabor me llevó a Belem, Brasil. Era la 1 y media de la tarde y yo estaba buscando a doña Celia en el puerto de Belem. Casi todos los puestos ya estaban cerrados pero cada vez que le preguntaba a algún local por Doña Celia me daba una dirección diferente. Caminé detrás del frigorífico sin heladeras, entre pescado podrido y pateando restos de verduras; pasé frente a la santería llena de velas rojas y de calaveras negras, frente a mí encontré un cajón lleno de semillas. Me detuve porque era la primera vez que veía algo parecido, entonces empecé a examinarlas y me di cuenta que al lado de ese, había otro con semillas diferentes. Me di vuelta para buscar al responsable de atender la tienda de madera media desarmada. Una señora pequeña de lentes exageradamente grandes me miró mientras hablaba sin parar con otros clientes. Tenía los labios bien gruesos, los ojos marrones, la tez curtida por el sol, un sombrerito de paja con una cinta roja que lo rodeaba, estaba maquillada y llena de alhajas doradas. “Celia!” – balbuceé. Ella giró el torso, me miró, pero no dejó de hablar. Si, tenía que ser ella. Comencé a revisar entre todas las semillas que estaban amontonadas en aquel puestito para ver si encontraba la comida de los dioses, pero no la identificaba. No pasó mucho tiempo hasta que la dueña apareció y entre todo lo que decía en portugués logré entender que quería saber lo que yo estaba buscando. Le dije cacao y me respondió en portugués: ¿Cuanto?. Le dije que primero quería verlo y probar una semilla. Fue el único momento en que se quedó callada. Le gritó al marido quién le pasó una semilla. Con la uña le desprendió la cáscara y me la dio a probar. Creanme: se me cerraron los ojos, me temblaron las mandíbulas y me transpiró debajo de los ojos.

El tacto

¿Sabías que los barcos son todos hechos de hierro? Yo lo sabía pero como nunca me había subido a uno, no tenía noción de lo que eso significaba. Después de 5 barcos por el río Amazonas lo entendí. En Amazonas todo es caliente. El frío no existe. Te metes al agua y es caliente, caminas en la sombra y es caliente, corre viento y es caliente, tocas el hierro del barco y es caliente. Ayer iba caminando por la calle y me agarre de una baranda para subir una escalera. La baranda de hierro estaba expuesta al sol por ende, estaba caliente. La sensación de mi mano tocando esa baranda me llevó al primer barco en Perú. Me subí sabiendo que el capitán no sabía si íbamos a llegar a destino. Nos hicieron pagar la mitad del pasaje por las dudas, pero las dudas no estaban. La verdad es que ellos ya sabían lo que iba a pasar, sin embargo, no consideraron un detalle: El barco encalló. Eran las 3 de la mañana y yo estaba durmiendo en mi hamaca en el techo del barco. Por alguna razón, nosotros, los gringos, dormimos en la parte de arriba del barco. Sentí un golpe y que la gente comenzaba a hablar. Los motores del barco sonaban mas fuerte hasta que se detuvieron. Cuando desperté a las 5:30am me dijeron que el barco había encallado pero… ¿qué significaba eso en realidad? Lo entendí varias horas después. El barco había quedado, literalmente, cruzado en el río sobre un banco de arena. Ese día comprendí que el barco era de hierro y que el aire que sentí la tarde anterior no era viento sino la corriente de aire que el barco generaba cuando se movía. Eran las 8 de la mañana y ya me había duchado 2 veces, estaba solo con un pantalón corto puesto y ya no soportaba el calor. Todo estaba caliente. Tocara lo que tocara, estaba caliente: El agua mineral, la baranda de la escalera, la escalera, la tela de la hamaca, la mochila, el piso, absolutamente todo. Me entregué y traté de pensar en otra cosa.

Para el mediodía el capitán y sus ayudantes seguían intentado mover el barco, pero lo único que lograba era gastar combustible. La situación era la siguiente: El capitán nos indicaba a todos los tripulantes que nos fuéramos a popa (parte de atrás). Cuando todos ya estábamos ahí (salvo muchos rebeldes que ni se movían de su hamaca) el capitán prendía los motores al máximo y el barco comenzaba a rotar hasta quedar en dirección a la corriente. Sin embargo, el navío no seguía el curso. Cuando terminaban esa prueba, todos volvían a sus lugares y la tripulación perdía las esperanzas.

Para eso de las 4 de la tarde, cuando más de uno ya estaba preparando las cosas para subirse al bote-taxi que estaba por llegar, pasaron 2 lanchas con motores un poquito más potentes de los comunes. A los gritos los llamamos ya que estaban en el otro extremo del río. Se acercaron y comenzaron las pruebas: Todos a popa, motores a fondo, lanchas empujando la proa, fuerza, fuerza fuerzaaaa!!!! y el barco por fin dejó atrás el banco de arena para continuar camino.

El oído

Además del gusto, el oído es uno de los sentidos más invadidos en la selva. Todo es sonido: agua que corre, animales, árboles, hojas, insectos, pájaros, humanos. Pero de todos los sonidos hubo uno casi de película de terror que me quedo guardado desde el primer día. ¿Escuchaste alguna vez hablar del mono aullador? Yo no sabía nada de él hasta que llegué a Alter do Chao, un pequeño pueblito del amazonas brasileño que es muy conocido por sus playas de agua dulce y arena blanca. El lugar, salvo por la parte donde se encuentra el centro, está inmerso en la selva misma. La vida ahí no hace falta buscarla, directamente se muestra a cada minuto. Pero nunca había escuchado algo tan espeluznante como el grito de los monos aulladores. Serían las 5 de la tarde y decidí darme un baño en el lago verde. Nadé un rato, me acerqué a la costa y me senté ahí a sentir la selva. A eso de las 5 y media de la tarde, comencé a escuchar gritos fuertes, como si algún estadio de fútbol estuviese cerca de aquella ciudad. No podía ser posible, pero quizás había algún evento por ahí y por eso se escuchaba. El ruido aumentaba exponencialmente y cuando quise ver estaba inmerso en lo que parecía el corazón de la selva. El sonido era ensordecedor aunque venía de la isla de enfrente, parecía como si miles de leones se estuvieran acercando para cazarte. Cuando volví al camping, el dueño me comentó que eran los monos aulladores que salen al atardecer. Quedé asombrado. Pero eso no fue todo. Aquella noche decidimos hacer una fogata en la playa, bien alejados de la civilización, rodeados de arena blanca, estrellas, vegetación y agua. En el regreso tomamos un atajo bien oscuro como adentrándonos a la selva, era una especie de túnel. El celular era la única luz y teníamos que caminar bien despacio porque había agua y raíces por todos lados. En la mitad de camino, comenzaron estos sonidos nuevamente. Aunque yo ya sabía que eran los monos aulladores mis sentidos no dejaban de alarmarse ante el griterío intimidante de los primates. Parecía como si quisieran cazarte y con sus gritos te obligan a rendirte, sin embargo ellos son muy vergonzosos y no se dejan ver así no más. Como dije antes, este fue uno de los sonidos más extraños que escuche en la selva, sin embargo no fue el único. Los truenos, el viento, los motores, los tambores del Carimbó, las motos, los mercados, las conversaciones en español, en portugués y muchos otros.

La vista

Amazonas es de los lugares del mundo donde vi la mayor cantidad de ilusiones ópticas naturales y callejeras. Lo que te parece desagradable para la vista, suele ser agradable para todos los otros sentidos y viceversa. Lo que te parece fresco, es caliente. Lo que te da sensación de peligroso, puede ser totalmente lo opuesto. Ríos negros, ríos blancos, ríos verdes, ríos de todos los colores. Playas de arena blanca con agua dulce, frutas que parecen verduras, animales que parecen árboles y así podría hacer un listado infinito. Pero la ilusión óptica que más me asombro sucedió una noche en el barco. Estaba acostado en mi hamaca listo para dormir mirando hacia afuera (siempre miraba hacia afuera porque no existen paredes). El paisaje oscuro quedaba encuadrado entre las columnas metálicas que sostenían el techo y lo hacían parecerse a una pantalla de cine. La mitad de aquella pantalla estaba ocupada por las sombras de los árboles y sus ramas. La otra mitad estaba rellena por un cielo negro que era un poco más claro que la sombra de los árboles, infinito, profundo y con más estrellas de lo que uno puede imaginarse. Esa era mi película aquella noche. Mientras yo estaba sentado en una especie de sala de cine en la pantalla se proyectaban las sombras de los árboles sobre el fondo de un cielo infinito. Juro que no había tomado ayahuasca ni nada parecido, aunque no puedo negar que el calor quizás me hizo alucinar.

Hubo una cosa más que me asombró y nunca lo había visto: La inmensidad.

El olfato

Definitivamente no es como India, ni como China. La selva no tiene nada de ciudad en lo que a olores se refiere, salvo cuando uno tiene que entrar a los baños de los barcos. Cuando estoy en un bosque con un río cerca, me recuerda a la selva. Cuando estoy en una verdulería, el olor a fruta y verduras frescas, me recuerdan a la selva. Cuando la humedad es tan alta que se me bloquean las fosas nasales y me sale aguamoco, me recuerda a la selva. Cuando siento olor a gasoil o aceite quemado, me recuerda a todos los barcos que me tomé. Cuando siento olor a Cajú, a papaya, a mango, a Acaí, a caldo de pollo a las 7 de la mañana, me recuerda a la selva.

El río huele a pescado, el barco a ciudad, la ciudad a puerto, el puerto a madera, la madera a árbol y el árbol a vida. Cuando me acercaba a un árbol en la selva sentía olor a vida: humedad, microorganismos, agua, plantas. Es como un olor parecido al barro, pero más fresco. Si alguna vez oliste corteza entonces quizás comprendas lo que quiero explicar.


Fueron los 5 sentidos los que me hicieron sentir la selva, más que hacerme sentir EN la selva. A decir verdad, antes de ir pensaba que iba a encontrar la oportunidad de ingresar a la selva virgen, pero después lo pensé mejor y me pregunté ¿Quiero entrar a la selva virgen? O mejor dicho ¿Puedo entrar a la selva virgen? La respuesta fue siempre que no. Antes de ir, no tenía noción de lo que la selva sería. El machete no alcanza, también necesitas botas, necesitas un guía que sepa donde está colgando la serpiente, alguien que la vea porque creéme, nuestros ojos no están acostumbrados a ellas. Se necesita mucha valentía, paciencia y tenacidad para entrar a la selva virgen. Entonces mientras iba andando en el barco y veía esos enormes árboles que hacían de los barcos cargueros algo tan insignificante, comprendí lo que la selva es.

Hoy, cada vez que siento alguno de aquellos estímulos que percibí en la selva, mi alma (tal como dice Steiner) hace surgir de lo profundo aquellas memorias de Amazonas que me fueron regaladas al visitar la selva.

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4 Responses to AMAZONAS CON LOS 5 SENTIDOS

  1. Kasia & Victor por el mundo 08/06/2017 at 11:03 am #

    Álvaro, que post más brillante! Casi siento como me trasladara a Amazonas, aunque sólo hice un tramo pequeñito entre Pucallpa e Iquitos en Peru.

    Es curioso pero nunca pensé en viajar con los CINCO sentidos. Estoy muy agarrada sólo a los dos: el olfato y el oído. Mi marido Víctor me llama chica de las voces y olores. Muchas veces recuerdo sitios por como huelen y como suenan. Primera vez que oí jungla fue en Kenia. Esos sonidos silvestres, salvajes, totalmente desconocidos, pero fascinantes. Las chicharras, monos, agua y el viento. Y olor a humedad, tan distinto del bosque polaco (soy polaca) que amo con todo mi corazón. Por cierto, el bosque en Polonia también huele a humedad, pero es un olor distinto.

    Gracias por recordar mi viaje por Amazonas y por traerle recuerdos a Víctor que hizo todo el recorrido. Fue un viaje muy especial para nostros. Fue allí dónde nos conocimos. Hasta hoy día habla de Alter do Chao como el lugar más mágico que haya visto jamás. Tendré que verlo yo también, ojalá esta vez juntos.

    A partir de ahora intentaré fijarme también en otros sentidos. Gracias otra vez y saludos de Tailandia! K.

    • Alvaro Fiore 19/06/2017 at 11:28 am #

      Hola Kasia, Hola Victor! Me alegra que les haya gustado la nota y ya que estamos aprovecho a preguntarles, cuando hicieron el recorrido? Realmente Alter do Chao tiene algo muy especial, pero… lo decimos en voz baja para que no se llene de gente y deje de serlo 😛
      Te recomiendo un libro para seguir viajando por el Amazonas: “El río de la desolación” de Javier Reverte. Un abrazo!

  2. NaTee 19/05/2017 at 9:42 am #

    Hermoso! Qué bueno que hayas vuelto a escribir. No sé como llegué hasta aca, supongo que en un día lluvioso de trabajo en la oficina, mis ansias de volver a viajar no cesan. saludos!

    • Alvaro Fiore 19/06/2017 at 11:24 am #

      Hola Natee, muchas gracias por tu comentario, seguimos juntando fuerzas para continuar escribiendo más sobre nuestros viajes. Abrazo y no deje de soñar!

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